jueves, 30 de marzo de 2017

La silenciosa batalla de res contra lo unívoco, por Juan Forn


Prólogo al libro de fotografías de Res publicado en la colección Fotógrafos Argentinos. Reproducido con autorización del editor.


A principios de los 70, mientras cursaba la escuela secundaria en Córdoba, Res vivía a la vuelta de la Municipalidad, cercanía que le dio la idea de ganarse unos pesos montando en una cochera de la cuadra un servicio de fotos-carnet para aquellos que iban a hacerse el documento. Estamos hablando de los tiempos prePolaroid: el quinceañero Res (nacido Raúl Stolkiner en 1957) sacaba los retratos y los revelaba él mismo después, en un laboratorio casero, instalado detrás de una cortina en la misma cochera. Cada jornada laborable, entre las siete y media de la mañana y la una del mediodía, Res asistió a una mínima ceremonia repetida hasta el infinito: veía entrar un desconocido a esa cochera, lo retrataba, se iba detrás de la cortina a revelar la imagen y, cuando ese desconocido volvía a entrar un rato después, a retirar la foto-carnet, él tenía ocasión de ver, por un brevísimo instante (el tiempo que le llevaba identificar la foto y entregarla al cliente) las similitudes y diferencias que había entre retratado y retrato. Así era su relación con la fotografía. Seis años después, en 1977, Res partió a México, a estudiar economía política en la UNAV. Para mantenerse, consiguió trabajo en un laboratorio del DF. Ya no tenía ocasión de ver las caras de los retratados; sólo su retrato. Así siguió su relación con la fotografía hasta que un día se le cayó la estantería (se le "quebró la fe" en el estudio, en lo intelectual, según sus propias palabras) y abandonó todo lo que estaba haciendo, todo lo que quería ser, para "poner toda la energía en la imagen". Pero, tal como volvían a esa cochera aquellos que habían ido a hacerse la foto-carnet, la universidad (es decir, el estudio, lo intelectual) reaparecerá en la vida de Res a reclamar su imagen. Primero hará falta que nuestro personaje se instale en Buenos Aires, pruebe un primer y fallido nombre artístico ("Carne de Res", que dejó de usar tan pronto como descubrió que en un mailing figuraba como "Sr. De Res, Carne") y pasen quince años, tal como caían las hojas del almanaque en las películas de antes: estamos ahora en el 2000, Res ya es un fotógrafo con cierto nombre, gana con uno de sus trabajos fotográficos un premio considerable en metálico y destina todo ese monto a inscribirse en una maestría de una universidad suiza por internet (que consiste en once meses al año trabajando a distancia, por correo electrónico, y un mes intensivo allá, con clases todo el día). El único requisito de ingreso (la maestría cruza arte y filosofía) es contestar la pregunta: ¿por qué quiere, y cree que puede, pensar por sí mismo? En ese reclamo que le hace la universidad suiza a Res hay un acorde notablemente similar al que recibía cotidianamente nuestro personaje en los tiempos de aquella cochera convertida en estudio fotográfico al paso, a la vuelta de la Municipalidad cordobesa. Tal como aquellos desconocidos, la universidad (es decir, lo intelectual) parece decirle: "Muéstreme lo que sacó de mí".
Res viene buceando en ese dilema desde que se preguntó por primera vez, en aquellos tiempos detrás del mostrador: ¿qué hay entre el momento en que la gente se saca la foto y el momento en que vuelve a buscarla? ¿Qué dejaron y qué se llevan? ¿Son los mismos los que aparecen y los que reaparecen? Esa forma adoptó el interrogante que Res intenta decular (en sus fotos, en su maestría por internet, en su vida) desde el momento en que empezó a formulársele solo en la cabeza, mientras revelaba a toda velocidad fotos de desconocidos que había visto por un instante, una sola vez en su vida, y volvería a ver sólo otro instante más, cuando reaparecieran a llevarse la foto que les había sacado. Esa pregunta, convertida en herramienta, en llave maestra, ha adoptado diversas encarnaciones en las sucesivas muestras de Res: - en El Plastiquito, por ejemplo, se ofrecían veinte imágenes de cosas envueltas en bolsas de plástico (diferentes "piezas" comestibles, tal como venían empaquetadas en el supermercado, y la combinación posterior de los "restos" de esas piezas, en bolsas de basura también de plástico); - en El enloquecimiento de la esfera de Pascal, ante la foto de una puerta tapiada en la sala donde Borges dictaba sus clases en la Facultad de Letras, el crítico Noé Jitrik se preguntaba: "Qué queda de una puerta hoy bloqueada, desaparecida en la lisura de una pared indiferente? ¿Qué queda de los libros que estuvieron en unos estantes que hoy están vacíos?"; - en NECAH, Res decide repetir cien años después el itinerario de Antonio Pozzo (el fotógrafo que acompañó la "gesta" contra el indio del general Roca), pero lo que nos pone delante de los ojos es una pampa sin indios ni lanzas en alto, sin soldados ni carretas: postales actuales de una tierra sin relieves, desde la desolación de un baño de estación de servicio al fantasmal trazo de un arco de rugby en el atardecer; sólo que la invisible mano del fotógrafo sostiene, en primer plano y borroneada por el fuera de foco, una letra recortada en madera: cada letra (una por foto) compone la consigna de Calfucurá Entregar Carhué Al Huinca", es decir NECAH) y deja a criterio del espectador el balance histórico. Este libro (que inicialmente fue una muestra, también titulada Intervalos intermitentes) propone una nueva inmersión en ese abismo. La forma elegida esta vez es binaria (pares de fotos que dialogan entre sí), quizá para acentuar esa suerte de cuña de aire que planea la aparente dicotomía entre el antes y el después, entre el sujeto y el objeto, entre el espacio y el tiempo, entre el texto y la imagen, entre "la realidad" y "el pensamiento". Estos pares de fotos proponen un mecanismo de lo más sugestivo (dos momentos en la vida de diferentes personas, según su profesión, su elección vital o sus afectos) y proceden luego a quebrarlo, a sacarnos la alfombra debajo de nuestros pies y hacernos ver que el terreno que pisábamos no era nada sólido. La frase tutelar de la muestra era una reflexión de Foucault: "La verdad es un tipo de equivocación que no puede ser refutada porque fue endurecida hasta lo inalterable en el largo proceso de horneado de la historia". Lo que logra Res con sus fotos es ablandar ese endurecimiento del que hablaba Foucault, instalando un tercer elemento entre el antes y el después: una cuña de aire que resignifica ambas tomas, y "abre" esa verdad aparentemente unívoca en mil variantes posibles. Porque esa cuña de aire, ese hiato mínimo pero definitorio, funciona como un comodín: hay mil relatos posibles entre ese "comienzo" (la primera foto del par) Y ese "desenlace" (la segunda). Cada uno de los pares ofrece la historia que querramos ver en ellas: el cardiocirujano Jorge Trainini, antes y después de realizar una operación a corazón abierto (el barbijo, los guantes de látex y el uniforme de cirugía primero impolutos y luego manchados de sangre; la envarada expectativa preoperatoria convertida en cansancio y satisfacción por el deber cumplido); el campeón de box Raúl Balbi antes de subir al ring y después de perder la pelea (el mapa de los golpes en la cara, por supuesto, pero casi más elocuente resulta la ausencia de adrenalina, "desinflando" la tonicidad muscular en la segunda foto); el artista Guillermo luso exhibiendo en la primera foto los efectos del salvajismo de una patota callejera que casi lo mató a golpes y la recuperación posterior (la mirada es la clave, en este caso, por debajo de los hematomas y la venda que sostiene la mandíbula partida); Alejandro Dardik, un amigo de Res que vuelve del exterior por la muerte de su hermano (en la primera foto) es fotografiado de nuevo en una visita posterior al país, mucho menos crispada, sin drama familiar de por medio. En ese punto, Res quiebra la clave (en una suerte de cachetazo de sentido al espectador, que recuerda el proverbial golpe de timbales que colocaba Brahms en medio de todas sus sinfonías, para "despertar las conciencias adormecidas"): primero parece repetir el procedimiento pero jugando con la identidad en lugar de con el tiempo (dos nenas mellizas de cinco años que hacen gala de la legendaria memoria genética siamesa, adoptando la una y la otra casi la misma pose para el fotógrafo); luego es el turno de la parte y el todo, con el conmovedor retrato de una víctima de la represión policial del 20 de diciembre de 2001 (a quien le queda hasta hoy una bala alojada en el cerebro) y luego un primer plano cromático de su boca (¿no era la protesta verbal aquello que castigó tan descabelladamente la represión policial ese nefasto día?).
Finalmente, es el turno de la doble lectura (o de todos los mundos que están en éste, según la expresión de Klee): los balazos de 1955 en el frente del Ministerio de Economía mutan a su pura composición geométrica (a la manera del gran Helio Oiticica); las pintadas que reclaman la legalización del aborto en las columnas de la Catedral se convierten en un pentagrama cromático horizontal al estilo de Mondrian; y el mismo procedimiento se aplica al tableaux vivant de la bandera nacional que componen los locos del Frente de Artistas del Borda. "¿Qué hora es? ¿Hemos llegado tarde? ¿Ha pasado nuestro tiempo? ¿Somos tardíos? Si la filosofía, tal como la conocemos, sólo viene después, ¿cómo sería un pensamiento que venga ahora, que estuviera viniendo y disfrutara ese hecho, en lugar de lamentar su arribo tardío?", se pregunta Res. Yo lo ignoro. Pero lo que sé es que, en cada uno de sus pares de fotos, consigue que asome algo "que estuviera viniendo", para usar sus palabras. Como hacían Scherezade en Las mil y una noches o Marco Polo en Las ciudades invisibles de Calvino, cada relato no sólo "gana" tiempo, sino que genera tiempo, en la medida en que amplía el presente en un arco de infinitas posibilidades. En esta época global y falsamente polisémica que nos toca vivir, la obligación del día para cada uno de nosotros consiste en ser capaces de vislumbrar las múltiples realidades que la proliferación de información intenta licuar, reducir, borronear, en un mensaje único, entumecedor, idiotizante. Lo que Res nos ofrece con este libro no es una inofensiva visita guiada por las entrelíneas del presente, sino una hendija para que nos internemos también nosotros en ese abismo e intentemos saber (como le preguntaba a él la universidad suiza) si somos capaces de pensar por nosotros mismos, y queremos hacerlo o no.

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