viernes, 24 de marzo de 2017

López sobre López


“El rumbo que está tomando mi trabajo apunta a redefinir mitos, íconos y obras de arte universales desde el sur. Reflexionar en la práctica, desde la concepción y la realización misma de la obra, acerca del lenguaje y el discurso propio de la fotografía (la credibilidad de la puesta en escena). Asumir las tendencias de moda de la fotografía en el contexto del arte contemporáneo y tamizarlas con el sentir y las texturas propias de la periferia”.
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Hay dos temas de los que últimamente me cansé de hablar, de discutir, de tratar de comprender. Uno es acerca del misterio insondable que rige las relaciones amorosas. La seducción, la pasión, los encuentros y desencuentros. “No entendés que simplemente tengo sueño y nada más tengo  ganas de dormir mirando para el otro lado…”

Es la frase que preambula el derrumbe. Luego vendrán los bares tristes, las cenas solitarias, el miedo… Volver a caminar con paso firme hacia el abismo infinito y añorado de la melancolía.

El otro es este, el Sur del Sur, el leit motiv que permite encontrarnos en torno de la fotografía: el sur que mira al norte, la (ingrata) periferia , los patéticos centros de las periferias, la patria, la patria que se amiga con su madre patria, la identidad, los shopping center, el arte, las tendencias…



La verdad, que cada uno haga lo que le venga en ganas.




Estoy cansado. Ayer vi a un hombre llorando en la televisión. Criollo, grandote, con 50 o 55 curtidísimos años. Estaba quebrado, descentrado, perdido… Lo habían echado del trabajo y trataba de que la misma periodista que lo entrevistaba conteste su pregunta de qué hacía él ahora, con sus hijos, con su oficio, con sus ideales de país… Repito: TV en directo / exterior – noche / Buenos Aires / zona de aeropuerto / noticiero de las siete y media: “Me puede decir usted que hago ahora con mis hijos, con mi casa… (pausa) con mi oficio de 25 años…” La cronista por suerte, se avergonzó. Aunque estaba fuera de cámara todos sentimos como bajaba la cabeza.




Ahora bien, entonces, ¿dónde ubicarnos dentro de este páramo ventoso, con el río azotando el murallón en plena sudestada, refugiados en un Buenos Aires medieval, acorazado, indigestado por el humo de su propia caldera, por la publicidad y las encuestas falsas, plagado de alarmas, de custodios, de marketing directo y cientos de negocios de pizzas por dos pesos?


Pasan los años, y aunque el centro sea una zona desdibujada, sucia, pegajosa, transpirada por el sudor de su ignorancia, el hombre siempre encuentra un lugar bien definido para ubicar la periferia. Siempre necesita poner a alguien en el lugar de “otro”. El coronel de Gabo cambia de nombre, de oficinas, se compra un traje Armani, mejora la dicción ante las cámaras, pero los domingos, cuando almuerza en el patio de su casa, invariablemente sigue con la misma costumbre: después del postre eructa, dice algunas tonteras como si fueran frases célebres y se va a mear al fondo junto al cerco de alambre apuntando hacia dentro del gallinero. Tiene el baño a dos metros, pero le gusta hacerlo al aire libre, al sol, a la vista de todos. Las gallinas se acercan en un acto reflejo (esperando recibir comida) y tienen que escapar corriendo para esquivar el chorro. En ese instante, que tiene en su esencia una alta dosis de infantilismo, el coronel se equipara en perversión, estupidez y abuso de poder con sus jefes del Norte.


Por lo menos hoy, desde acá, más o menos así veo el panorama. De todas maneras, mejor andar con calma. Con el tiempo se aprende a respirar la angustia, evitar el chiste, transitar el silencio. Tal vez la fe, los actos cotidianos de ternura, la posibilidad alquímica de transmutar el resentimiento en un hecho poético puedan cambiar los paradigmas.


Uno habla siempre de las mismas dos cosas (el dolor sigue intacto). Por suerte, a veces la fotografía ayuda a que lo real se cargue de magia cuando logra materializar la textura de una ausencia.






Marcos López, Buenos Aires, mayo de 2001



Textos incluido en el libro Al sur del sur

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