viernes, 14 de abril de 2017

Prólogo al libro de retratos de Eduardo Grossman



(Lo escribí por encargo de la Asociación de Reporteros Gráficos, editora del libro)
Foto: Charly García por Eduardo Grossman 

A los ojos

Los retratos de este libro nos atrapan cada vez que ocurren ante nuestros ojos. Tienen el encanto de las hazañas que se han vuelto imposibles. Son fotografías por encargo, trabajo cotidiano para diarios y revistas, ejecutado con naturalidad por Grossman, que no había hecho casi retratos y no volvió a practicarlos luego de ese periodo.

La fotografía más antigua de las incluidas, el retrato de Borges, es de 1974 y las más recientes –los de Bioy, Castillo y Pappo-, de 1993. Los conmoción política y social, la represión sangrienta, también la esperanza de la recuperación democrática y sus fantasmas, son el fuera de campo, el sobreentendido de estas imágenes.

Cada tiempo encuentra a quienes pueden contarlo. Grossman y un puñado de fotógrafos contaron el suyo. No fueron turistas de su época, estaban involucrados. Y eran dueños de un lenguaje. Hicieron su trabajo en lo que, en perspectiva, fue un parpadeo de la evolución de su arte y oficio, que hoy muere y renace ante nuestros ojos convertido en algo diferente.

La técnica analógica, por entonces casi al tope de su desarrollo, permitía capturar con calidad y deportivamente la transición de un gesto o una situación inesperada. Las tomas debían ser reveladas y luego copiadas: una serie de procesos y dilaciones separaban el disparo de la imagen. Aunque una parte de los retratos convive con los primeros tiempos del procesamiento digital de imágenes, todos ellos han quedado del otro lado de la frontera digital. El abismo que las separa no es técnico.

Ahora que todos tenemos una piel lista para la cámara, el arte del retrato ha cambiado de un modo sutil pero significativo. Especialmente en la práctica del retrato periodístico. Casi cada cual dispone de una imagen prediseñada para los medios y las redes. Imágenes que funcionan como escudos o prótesis; ready mades, alimento de urgencia para una máquina que se devora a sí misma como condición para permanecer. El aquí y ahora de los retratos de Grossman no convive con esa híperconsciencia del hecho fotográfico.

En las fotografías de las próximas páginas se percibe todavía el riesgo de las citas sin reglas, casi siempre a ciegas. La instancia del retrato periodístico era un mano a mano por lo general intenso y breve, unos minutos para fracasar o salir airoso. Uno intuye a Grossman haciendo su trabajo con convicción, se diría que con una profunda empatía con alguien que no estaba en uno u otro lado de la cámara: el otro, nosotros. Sus fotos todavía nos hablan. Nos miran.

Lejos de las versiones redundantes y clausuradas de políticos, artistas y personajes, Grossman parece captar en sus retratos las vacilaciones del ser en el momento del disparo. A veces queda impresa una chispa de duda acerca del modo de enfrentar la cámara. De pronto, las continuidades que sostienen la escena parecen frágiles. Algo les da a esas fotos la potencia de lo inacabado. Como si el futuro fuese aún un enigma o las cosas pudiesen ser, todavía, de otro modo.





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