jueves, 25 de mayo de 2017

Ser para escribirse, escribirse para ser

Citas y notas a

Yo narrador y la vida como relato

De Paula Sibilia
Daniel Molina




Las plataformas virtuales. Demos por asumidos sus defectos (entre otros: la utopía carcomida del ágora virtual, el cuentapropismo de las aplicaciones, la dinámica del facilismo intelectual, la intransigencia y la agresión impune, la pérdida del espíritu colaborativo y los atajos para influir como las campañas y los trolls). Centrémonos en las oportunidades: la web es una invitación perfecta para dar forma a una voz personal. Es, de hecho, un laboratorio de experimentación inigualable. Una oportunidad para la construcción de una voz y para ejercitar el discurso autoral y artístico. Una zona para trabajar a conciencia, honestamente, en diálogo con otras voces que aparecen de hecho o presentimos y podemos anticipar. Porque en la red de redes nunca escribimos sobre un papel de esos que guardamos y olvidamos para siempre. La web es, de algún modo, un escenario.



En el capítulo 2, El yo narrador y la vida como relato, Sibilia se pregunta si en este fenómeno tan contemporáneo de exhibición de la intimidad –o la extimidad- estas nuevas formas de expresión y comunicación que hoy proliferan en la web deben considerarse vidas u obras. “Muestran la vida de sus autores o son obras de arte producidas por los nuevos artistas de la era digital? ¿Es posible que sean, al mismo tiempo, vidas y obras? Tal vez se trate, escribe, de algo completamente nuevo, que llevaría a superar la clásica distinción entre estas dos nociones.

No hay respuestas fáciles, escribe, sin embargo, una primera aproximación lleva a definir estas nuevas prácticas como pertenecientes a los géneros autobiográficos. “Aunque sea bastante ambigua, todavía persiste una distinción entre las narraciones de ficción y aquellas que se apoyan en la garantía de una existencia real. Esa diferencia inscribe dichas prácticas en otro régimen de verdad y suscita otro horizonte de expectativas, a pesar de la sofisticación de los artificios retóricos que se han ido acumulando y de los varios siglos de entrenamiento de los lectores. E incluso, superando las turbulencias que ha sufrido la confianza en una identidad fija y estable del yo que narra. Por eso, la especificidad de los géneros autobiográficos debería buscarse fuera de los textos: en el mundo real, en las relaciones entre autores y lectores. Esto fue lo que conjeturó el crítico literario Philippe Lejeune en los años setenta del siglo XX: las obras autobiográficas se distinguen porque establecen un pacto de lectura. Si el lector cree que el autor, el narrador y el personaje principal de un relato son la misma persona, entonces se trata de una obra autobiográfica.

Los usos confesionales de Internet parecen encajarse en esta definición: serían manifestaciones renovadas de los viejos géneros autobiofráficos. El yo que habla y se muestra incansablemente en la web suele ser triple: es al mismo tiempo autor, narrador y personaje. Pero además no deja se ser una ficción, ya que a pesar de su contundente autoevidencia, el estatuto del yo siempre es frágil. (…) El yo de cada uno de nosotros es una entidad compleja y vacilante (Pierre Bourdieu). Una unidad ilusoria construida en el lenguaje, a partir del flujo caótico y múltiple de cada experiencia individual. Pero si el yo es una ficción gramatical, un centro de gravedad narrativa, un eje móvil e inestable donde convergen todos los relatos de uno mismo, también es innegable que se trata de un tipo muy especial de ficción. Porque además de desprenderse del magma real de la propia existencia, acaba provocando un fuerte efecto en el mundo: nada menos que nuestro yo, un efecto-sujeto. Es una ficción necesaria, puesto que estamos hechos de esos relatos: son la materia que nos constituye como sujetos.



“El lenguaje nos da consistencia y relieves propios, personales, singulares, y la sustancia que resulta de ese cruce de narrativas se (auto) denomina “yo”.

De modo que la experiencia de sí mismo como un yo se debe a la condición de narrador del sujeto, alguien que es capaz de organizar su experiencia en la primera persona del singular. Pero éste no se expresa unívoca y linealmente a través de sus palabras, traduciendo en texto alguna entidad que precedería al texto y sería más “real” que la mera narración. En cambio, la subjetividad se constituye en el vértigo de ese torrente discursivo, es allí donde el yo de hecho se realiza. Por lo tanto, usar palabras o imágenes es actuar: gracias a ellas podemos crear universos y con ellas construimos nuestras subjetividades, nutriendo el mundo con un rico acervo de significaciones. El lenguaje no sólo ayuda a organizar el tumultoso fluir de la propia experiencia y a dar sentido al mundo, sino que también estabiliza el espacio y ordena el tiempo, en diálogo constante con la multitud de otras voces que también nos modelan, colorean y rellenan. Sin embargo, hay límites para las posibilidades creativas de ese yo –que habla y de ese yo que se narra. Porque el narrador de sí mismo no es omnisciente: muchos de los relatos que le dan espesor al yo son inconscientes o se originan fuera de sí, en los otros, quienes además de ser el infierno son también el espejo, y poseen la capacidad de afectar la propia subjetividad. Porque tanto el yo como sus enunciados son heterogéneos: más allá de cualquier ilusión de identidad, siempre estarán habitados por la alteridad. Toda comunicación requiere la existencia del otro, del mundo, de lo ajeno y lo no-yo, por eso todo discurso es dialógico y polifónico, inclusive los monólogos y los diarios íntimos: su naturaleza es siempre intersubjetiva. Todo relato se inserta en un denso tejido intertextual, entramado con otros textos e impregnado de otras voces; absolutamente todos, sin excluir las más solipsistas narrativas del yo”.

En esos discursos autorreferenciales, justamente, la experiencia de la propia vida gana forma y contenido, adquiere consistencia y sentido al cimentarse alrededor de un yo. Hace mucho tiempo, Arthur Rimbaud enunció esta paradoja de una forma tan diáfana como enigmática: “yo es otro”. Desde aquel lejano 1871 en que esas palabras hoy famosas fueron escritas por primera vez, se desdoblaron en incontables reverberaciones hasta cristalizarse en un aforismo. El poeta francés tenía por entonces diecisiete años de edad, e Internet estaba muy lejos de ser imaginada; aun así, ya casi petrificada en el mármol del cliché, esa misteriosa frase todavía logra evocar la índole siempre esquiva y múltiple de ese sujeto gramatical: yo, la primera persona del singular.

Ahora bien, si el yo es un narrador que se narra y –también- es otro, ¿qué se entiende por “la vida de cada uno”? Al igual que su protagonista, esa vida posee un carácter eminentemente narrativo. La experiencia vital de cada sujeto es una narración que sólo puede pensarse y estructurarse como tal cuando el lenguaje la diseca y la modela. Sin embargo, tal y como ocurre con su personaje principal, ese relato no representa simplemente la historia que se ha vivido, sino que la presenta. Y, de alguna manera, también la realiza, le concede consistencia y sentido, delinea sus contornos y la constituye. En este sentido, Virginia Woolf fue quien lo expresó de la mejor manera, mientras vertía su propio néctar en las páginas de un diario íntimo: “es curioso el escaso sentimiento de vivir que tengo cuando mi diario no recoge el sedimento”. La propia vida sólo pasa a existir como tal, solo se convierte en Mi Vida cuando asume su naturaleza narrativa y se relata en primera persona del singular. O bien, como escribió Kafka en su diario: “cuando digo algo, pierde inmediatamente y de forma definitiva su importancia; cuando lo escribo, también la pierde siempre, pero a veces gana una nueva”. O incluso, como constató otra gran artífice de este género, Ana Frank: “lo mejor de todo es que lo que pienso y siento por lo menos puedo anotarlo; si no, me asfixiaría completamente”. He aquí el secreto a voces del relato autobiográfico: hay que escribir para ser, además de ser para escribir.

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