jueves, 1 de junio de 2017

Introducción a la creación de contenidos para redes + Fragmentos de Volverse Público, de Boris Groys


De alguna manera, vamos a ver como muchos de los pasos y tareas del proceso son compartidas con la escritura en cualquier soporte.
Sin embargo…
Debemos empezar por sumar ideas hasta que el perfil de nuestro blog empiece a ser claro y consistente.  ¿Qué temas vamos a abordar? ¿O el tema va a ser el punto de vista? ¿A quién nos vamos a dirigir?
Pregunta importante: ¿por qué presuponemos que lo que escribamos va a ser de interés de los lectores? Cierto desdoblamiento es importante. Aún la más encerrada escritura del yo poético cuando está lograda propone una empatía al otro, consigue que resuenen en el lector algunas notas, como en el efecto “simpatía” que ocurre cuando hay dos pianos uno al lado del otro y si se toca una tecla en un piano la misma nota resuena en el otro.
Estas notas las escribo pensando en un blog en el que la escritura tiene un lugar central o al menos equiparable al de la comunicación vía imágenes. Por supuesto, también debieran valer para posts en twitter, instagram, Facebook y las redes y plataformas por venir. De hecho, existe la palabra convergencia para aludir a la comunicación integrada en los antiguos, nuevos y próximos soportes. Mi impresión es que nuestra idea debe estar por encima de las exigencias de cada interfaz, pero a la vez cada publicación debe tener una adecuación mínima a esa plataforma. Yo me pasaba diciéndole a Instagram que las pocas fotos que subo las colgara también en Twitter hasta que me di cuenta de que era una tontería. Eran mis ganas de estar donde suponía que tenía que estar, no sé, supongo que por ese mandato de la ocupación de espacios, tan propio de las redes como de los talleres de fotografía o de arte. Yo intentaba cumplirlo, para colmo, de una manera un poco maleducada para la etiqueta de las redes.
Nota: hay una dimensión un poco oculta pero maravillosa del trabajo de escritura. Los guiones, la redacción de frases que irán sobreimpresas, los cierres, los títulos. Es más importante elegir tres palabras brillantes que mil correctas. Y el guión es la letra oculta de muchos videos y animaciones que vemos a diario.
Hay cada vez más oportunidades para hacer estos productos de imágenes y textos. Facebook de hecho creó Playground, en parte para facilitarlos y en parte para tratar de resolver algo que le indicaban sus estadísticas: alrededor del 90% de las reproducciones de contenidos se hacen con el audio sin activar.
Es probable que estos lenguajes les huelan a poco trascendentes y no está mal. Como dijo Boris Groys, Internet es antes que cualquier otra cosa un gigantesco tacho de basura. Sin embargo, hay un pequeño prodigio en hacerle decir cosas nuevas y maravillosas a los géneros bastardos. No puedo dejar de recordar un texto de Raymond Chandler, que lamentablemente leí hace muchos años y cito de memoria. Chandler, maestro de la novela negra, guionista, autor de clásicos como La dama del lago o El largo Adiós, adaptado a películas una y otra vez a lo largo de los años, escribió que había tomado un género bastardo como el policial, basado en estructuras simples, destinado a un consumo popular algo indiscriminado, y lo había trabajado a conciencia y a lo largo de los años hasta convertirlo en algo “por lo que se despellejan los intelectuales”.
Escritura en redes y proceso de construcción de una voz personal:
Empecemos por un dato casi técnico pero muy condicionante de todo el proceso: ese desdoblamiento, esa especie de esquizofrenia del escritor dividido entre su yo y su lector modelo, se acentúa porque no están a solas. Además están Google y compañía, todas las empresas privadas dueñas de los algoritmos que arbitran la lucha por la supervivencia en la selva aparentemente infinita de la web.
Hay que estar alerta, negociar con uno mismo, plantearse un norte y respetarlo. Trabajando en publicaciones online esta cuestión se plantea casi a diario. Un medio o un lugar valioso puede ganar clics incorporando gatitos y chicas y chicos sexys y fotos de accidentes y…, hasta convertirse en otro sitio más, acaso sustentable desde lo económico pero insustancial, irrelevante.
Hay que encontrar un punto de equilibrio.
Los entendidos dicen que es importante desde el comienzo plantearse un horizonte en el tiempo y discernir si uno se propone hacer una publicación personal o profesional. Yo descreo un tanto de esa separación, ya que muchas veces el trabajo personal y el profesional se han cruzado en mi vida y eso siempre ha sido una buena noticia, casi una constatación de que no estaba “tan equivocado”.
Sí estoy de acuerdo en que ayuda mucho trazar un horizonte de expectativas y de continuidad.
Algunas reglas básicas:
·       Uno no escribe para la web, escribe para personas. Una por una. Ser consciente de esto será determinante en nuestro tono, en la elección de los temas y nuestra manera de abordarlos. Si uno no tiene muy claro para quién escribe, lo mejor es escribir para ciertos amigos, para un grupo de colegas que uno respeta o admira. El feedback (toda la información acerca de quién nos lee, cuando, desde, donde, los comentarios) nos darán pistas valiosas sin necesidad de estudios de mercado. Otro rasgo específico –positivo para mí- de la comunicación virtual.
·       En la web uno escribe para que lo lean. Vale la actitud o estrategia del diario íntimo, pero sólo como recurso o apropiación del género. Recuerdo la irrupción de Digital Diary de una chica de no sé dónde cuyo nombre se ha vuelto difícil de encontrar en el “basural” de la web, creo que fue la primera explosión de un contenido de fotos en la web. Si algo no era, era íntimo. La intimidad es un concepto que Internet expele.
Para ser leído no vale una única estrategia. Pero hay constantes: la importancia de los títulos. La brevedad. La originalidad y credibilidad de la voz que escribe. También la creación de algo así como un “sumario” de temas y posts que se irán abordando en la línea de tiempo. Otros recursos son igual de importantes pero exceden las fronteras de este taller de escritura. Por ejemplo: enlaces internos y externos, compartidos, etc. La generosidad, dicen, es la regla de oro de la supervivencia en la web.

Dejando atrás esa intro más que nada práctica, pasemos a otras cuestiones más conceptuales.
La construcción de una voz es un trabajo sobre uno mismo y es una forma de autoconocimiento. Muchas veces a uno le cuesta reconocer a los amigos en sus posteos. Era algo habitual en los grandes escritores: un señor amable, correcto, que se vestía sin llamar la atención -tal vez para no llamar la atención-, escribía páginas que evidenciaban una inmersión en la sordidez humana, en los placeres no convencionales, en la trama más compleja y desestabilizante de la realidad.
¿Pero como este conocido o amigo de la vida hace proclamas que revelan un extremismo incendiario o cuenta su intimidad con un lirismo que no le conocíamos?
Nos cuesta más aceptarlo cuando se trata de un amigo o un compañero de trabajo o nuestra pareja. ¿Es que estamos ante un desconocido? Para nada. Escribir es transformarse para ser aún más de verdad lo que uno es. Se trata de un proceso para hacerlo a conciencia, para sacarle provecho y en lo posible para disfrutarlo.
La reacción de los otros acelera el proceso. Por supuesto, uno se debe a su público. ¿Somos capaces de cualquier cosa por un golpe de efecto, por un aplauso de clics? Muchas veces sí, pero no necesariamente. Lo que es inevitable es el cambio, la aparición de nuevas preguntas, el vértigo de la nueva zona de nosotros mismos que abre la práctica cotidiana de la escritura.

Sobre la especificidad de Internet en el trabajo artístico y en el proceso de construcción de un uno que es otro y que escribe (parafraseando a Paula Sibilia):
Texto de Boris Groys, ensayo incluido en el libro “Volverse Público. Las transformaciones en ágora contemporánea”.
Aunque el trabajo artístico es bastante específico en ciertos aspectos, a la vez no es completamente autónomo. Depende de condiciones –sociales, económicas, técnicas y políticas– de producción, distribución y presentación estéticas más generales. Durante las últimas décadas estas condiciones cambiaron drásticamente debido a la emergencia, sobre todo, de Internet. Durante la modernidad, el museo era la institución que definía el régimen dominante bajo el cual funcionaba el arte. Pero en nuestros días, Internet ofrece una alternativa para la producción y distribución del arte, una posibilidad que adopta el siempre creciente número de artistas. ¿Cuáles son las razones por las que a la gente le gusta Internet, especialmente en el caso de artistas y escritores?
Obviamente, en primer lugar a uno le gusta Internet porque no es selectiva o al menos es mucho menos selectiva que el museo o que las editoriales tradicionales. Es más, la pregunta que siempre preocupó a los artistas en relación con el museo era sobre los criterios de selección, es decir, ¿por qué algunas obras ingresan al museo y otras no? Conocemos, de algún modo, las teorías católicas de selección según las cuales una obra merece ser elegida por el museo: ser buena, hermosa, inspiradora, original, creativa, poderosa, expresiva, históricamente relevante y otros cientos de criterios semejantes. Sin embargo, estas teorías colapsaron históricamente porque nadie podía explicar por qué una obra era más hermosa y original, que otra. Así, se impusieron otras teorías, un poco más protestantes o incluso calvinistas. De acuerdo con ellas, se optaba por ciertas obras porque habían sido elegidas. El concepto de un poder divino, soberano y sin ninguna necesidad de legitimación se transfería al museo. Esta teoría protestante que remarca el poder incondicionado para elegir es una precondición para la crítica institucional –el museo es criticado por cómo usa y abusa de este supuesto poder.
Ahora bien, este tipo de crítica institucional no tiene mucho sentido en el caso de Internet. Por supuesto que hay ejemplos de censura política en Internet a cargo de ciertos Estados, pero no hay censura estética. Todos pueden poner en Internet cualquier texto o cualquier material visual de cualquier tipo y hacerlos accesibles a nivel global. Obviamente, los artistas se quejan con frecuencia de que sus producciones se hunden en el océano de información que circula en Internet. Internet se presenta como un gran basurero en el que todo desaparece y nunca logra alcanzar el nivel de atención pública que uno esperaba obtener. Pero la nostalgia de los viejos tiempos de la censura estética a cargo del sistema de museos y galerías que velaban por la calidad, la innovación y la creatividad estética, no conduce a ninguna parte. A fin de cuentas, todos buscan en Internet información sobre los propios amigos y sobre lo que están haciendo ahora. Uno sigue ciertos blogs, ciertas páginas, revistas electrónicas y espacios de información, e ignora todo lo demás. El mundo del arte es solo una pequeña parte de este espacio digital público y el mundo del arte mismo ya está muy fragmentado. Por lo tanto, incluso si hay muchas quejas sobre la invisibilidad de Internet, nadie está realmente interesado en la observación total: todos buscan información específica y están listos para ignorar todo el resto.
(…)
Me parece que el verdadero problema con Internet no es Internet como lugar de distribución y exhibición del arte sino como lugar de trabajo. Bajo el régimen del museo, el arte se producía en un lugar –el atelier del artista– y se mostraba en otro –el museo. El surgimiento de Internet borró esta diferencia entre producción y exhibición del arte. En la medida en que involucra el uso de Internet, el proceso de producción estética está siempre expuesto, de principio a fin. Antes, solo los trabajadores industriales actuaban bajo la mirada de otros –bajo ese control constante que Michel Foucault describe de manera tan elocuente. Los escritores o los artistas trabajaban retirados, más allá del panóptico y el control público. Sin embargo, si los así llamados trabajadores creativos usan Internet, están sujetos al mismo grado de vigilancia, o incluso más, que uno de los trabajadores foucaultianos. La única diferencia es que esta vigilancia es más hermenéutica que disciplinaria.
Los resultados de la vigilancia son vendidos por las corporaciones que controlan la web porque poseen los medios de producción, las bases técnicas y materiales de Internet. Uno no debería olvidar que Internet está en manos privadas y que el rédito que produce viene fundamentalmente de la publicidad dirigida. Aquí nos encontramos frente a un fenómeno interesante: la monetarización de la hermenéutica. La heremenéutica clásica que buscaba al autor detrás del trabajo fue criticada por los teóricos del estructuralismo y del close reading, que pensaban que no tenía sentido ir a la caza de secretos ontológicos que eran, por definición, inaccesibles. Hoy en día, esta hermenéutica tradicional renace como medio de explotación económica extra de los sujetos que operan Internet, donde todos los secretos son originalmente revelados. Acá el sujeto no está escondido detrás de su trabajo. La plusvalía que tal sujeto produce y que resulta apropiada por las corporaciones de Internet es el valor hermenéutico: el sujeto no solo hace algo en Internet, también se revela a sí mismo como ser humano con ciertos intereses, deseos y necesidades. La monetarización de la hermenéutica clásica es uno de los procesos más interesantes con los que uno se confronta en el curso de las últimas décadas. 
A primera vista pareciera que para los artistas esta exposición permanente tiene más aspectos positivos que negativos. La resincronización de la producción y la exposición del arte a través de la web parece mejorar las cosas en lugar de empeorarlas. Es más, esta resincronización implica que como artista, uno no necesita ejecutar ningún producto final, ninguna obra de arte. La documentación del proceso del hacer estético ya es una obra. La producción estética, la presentación y la distribución son coincidentes. El artista es un blogger.
¿Por qué deberíamos rechazar la transparencia total? Jean-Paul Sartre ya dijo que el infierno son los otros, la vida bajo la mirada de los otros (y Jacques Lacan dijo después que la mirada de los otros emana de un ojo malvado, de una mirada que produce el mal de ojo). Sartre sostuvo que la mirada de los otros “nos cosifica” y de este modo niega las posibilidades de cambio que define nuestra subjetividad. Sartre concibe a la subjetividad humana como un “proyecto” dirigido hacia el futuro –y este proyecto como un secreto ontológicamente garantizado porque nunca puede revelarse aquí y ahora sino solo en el futuro. En otras palabras, Sartre entendía al sujeto humano como sujeto en lucha contra la identidad que le había otorgado la sociedad. Esto explica por qué consideraba la mirada de los otros como un infierno: en la mirada del otro vemos que perdimos la batalla y que somos prisioneros de esa identidad socialmente codificada que se nos asignó.La mirada de los otros se vive como una mirada maligna, no cuando quiere penetrar en nuestros secretos y volverlos transparentes (una mirada así de penetrante es más bien, halagadora y atractiva), sino cuando niega que tengamos secretos, cuando nos reduce a lo que esa mirada ve y registra. La práctica artística se entiende habitualmente como individual y personal pero ¿qué significan estos términos? Lo individual se entiende siempre como lo que es diferente de los demás (en una sociedad totalitaria todos son iguales; en una sociedad democrática y pluralista, todos son diferentes y respetados en tanto diferentes). Sin embargo, aquí el punto no es tanto la diferencia de uno respecto de los demás sino la diferencia respecto de sí mismo, el rechazo a ser identificado de acuerdo con los criterios generales de identificación. Es más, los parámetros para definir nuestra identidad codificada socialmente nos resultan completamente extraños. No hemos elegido nuestros nombres, no hemos estado presentes de manera consciente el día de nuestro nacimiento, no elegimos el nombre de la ciudad o de la calle donde se supone que tenemos que vivir, no elegimos a nuestros padres, ni nuestra nacionalidad, etc.

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